Mary O’Byrne OP

18th Sunday of the Year  A

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What delights us more than an invitation, an invitation not just to an ordinary meal, nor even to a feast, but to a banquet? Few of us ever have the privilege of being invited to a banquet and certainly not one that is going to last forever!   Yet banquet is the underlying theme between the first and third reading of this Sunday.  Isaiah describes an open invitation to eat and enjoy food and drink free of charge while Matthew depicts people happily seated on the ground partaking of a meal as a family would partake of a picnic.

At the beginning of the Gospel, we learn that Jesus and his disciples withdrew in a boat to a secluded place to recover from the news of the cruel death of John the Baptist.  People when they heard he was in the vicinity, left their own activities and dwellings and set off on foot to catch up with him wherever he might happen to be.  Thus, when Jesus finally reached the shore, he found crowds already waiting for him.  He put aside his own feelings, had compassion on them and immediately set about healing their sick.

Jesus possessed an attraction, a charism, a magnetic power which drew people to him.  Else why would thousands of people take unplanned leave of their daily occupations and set out on foot to follow him?  This demonstrates the hunger people had for his deeds and his words.  Though Matthew does not mention teaching, Mark does, saying that Jesus began a long teaching session.  People stayed on, listening intently, hungering not only to be cured of their illnesses but also for the wisdom and truth they were hearing from him.  So captivated were they by his words, that time slipped by and it was gradually realised that some sustenance was needed.  To the anxious queries of the disciples, Jesus assured them there was no need for anyone to go shopping for bread at that late hour, that there was enough already.  Following Jesus’ challenge to find some food, the disciples eventually came upon a lad with five loaves and two fish, which they brought to Jesus.  Jesus told the disciples to have the people sit down in groups which they did.  He then took the loaves and fish, raised his eyes to heaven, blessed, broke and handed the food to the disciples for distribution.   As a member of the Jewish faith, Jesus had inculcated these gestures from early childhood. This would have reassured the people who would naturally notice.  We see them sitting in groups happily partaking of the meal that he had provided for them, free of cost and according to Jewish ritual. In fact, they had more than enough as twelve baskets of fragments were left over.

Two of the many cross-references for the first reading give further description of the banquet and a repetition of the invitation.  Proverbs 9,3-6 reads “Come, eat, and drink of the bread and wine I have prepared.  Give up your foolishness and you will live; take the straight path of discernment.”  A further invitation is found in Sirach 24, 19-21

“Come to me, you who desire me, and eat your fill of my produce…Those who eat me will hunger for more, and those who drink me will thirst for more.”

The first reading from Isaiah amplified by the cross-references points to a great banquet prepared for all humanity.  The Lord has done the preparatory work beforehand and wishes all to partake.  We note the welcome and open invitation to the banquet, which is to be enjoyed by everyone. Isaiah also points to the hunger for wisdom which is hidden deep within the human heart.   No wonder people followed Our Lord all day long without thought of food until evening time.  Keeping this in mind leads us better to understand the meaning of the Gospel.   As the miracle of the multiplication of the loaves and fishes points towards the Last Supper and the Eucharist, so too does the Eucharist direct us towards the messianic banquet awaiting us in Heaven. 

 

The banquet is vividly presented to us when we learn that the crowd eventually were seated in groups on the grass, cheerfully responding to an open invitation to partake of refreshments, basking in the knowledge that there was more than enough for everyone and that that was being collected.  What a lesson this holds for us when we realise that enough food for everyone is grown on the planet and yet today so many millions of people continue to go hungry.  Are our resources, wisdom and information not sufficient to gather what is left over and distribute it to the millions who are in dire need?  We may need to read more carefully the second half of Isaiah  which challenges us to pay attention to the Lord, to come to him and listen as intently as the crowds did on that lake shore so many centuries ago.

 


 

18.º Domingo del Año A

¿Qué nos alegra más que una invitación, una invitación no solo a una comida común, ni siquiera a un festín, sino a un banquete? ¡Pocos de nosotros tenemos alguna vez el privilegio de ser invitados a un banquete y, desde luego, no a uno que vaya a durar para siempre! Sin embargo, el banquete es el tema subyacente entre la primera y la tercera lectura de este domingo. Isaías describe una invitación abierta a comer y disfrutar de comida y bebida sin costo alguno, mientras que Mateo muestra a personas sentadas alegremente en el suelo compartiendo una comida, como una familia disfrutaría de un picnic.

Al comienzo del Evangelio, nos enteramos de que Jesús y sus discípulos se retiraron en una barca a un lugar apartado para recuperarse de la noticia de la cruel muerte de Juan el Bautista. La gente, al enterarse de que él estaba en las cercanías, dejó sus actividades y sus hogares y partió a pie para alcanzarlo dondequiera que se encontrara. Así, cuando Jesús finalmente llegó a la orilla, se encontró con multitudes que ya lo esperaban. Dejó a un lado sus propios sentimientos, tuvo compasión de ellos y de inmediato se dispuso a sanar a sus enfermos.

Jesús poseía un atractivo, un carisma, un poder magnético que atraía a la gente hacia él. ¿De qué otra manera se explicaría que miles de personas dejaran de improviso sus ocupaciones cotidianas y se pusieran en camino a pie para seguirlo? Esto demuestra el ansia que tenía la gente por sus obras y sus palabras. Aunque Mateo no menciona la enseñanza, Marcos sí lo hace, diciendo que Jesús comenzó una larga sesión de enseñanza. La gente se quedó, escuchando con atención, ansiosa no solo de ser sanada de sus enfermedades, sino también de la sabiduría y la verdad que escuchaban de él. Estaban tan cautivados por sus palabras que el tiempo pasó volando y, poco a poco, se dieron cuenta de que necesitaban algo de comida. Ante las preguntas inquietas de los discípulos, Jesús les aseguró que no había necesidad de que nadie saliera a comprar pan a esa hora tan tardía, que ya había suficiente. Tras el desafío de Jesús de encontrar algo de comida, los discípulos finalmente se encontraron con un muchacho que tenía cinco panes y dos peces, los cuales le llevaron a Jesús. Jesús les dijo a los discípulos que hicieran sentar a la gente en grupos, lo cual hicieron. Luego tomó los panes y los peces, alzó los ojos al cielo, bendijo, partió y entregó la comida a los discípulos para que la distribuyeran. Como miembro de la fe judía, Jesús había interiorizado estos gestos desde su más tierna infancia. Esto habría tranquilizado a la gente, que naturalmente se daría cuenta. Los vemos sentados en grupos, disfrutando alegremente de la comida que él les había proporcionado, sin costo alguno y de acuerdo con el ritual judío. De hecho, tuvieron más que suficiente, ya que sobraron doce canastas de fragmentos.

Dos de las muchas referencias cruzadas de la primera lectura ofrecen una descripción más detallada del banquete y una repetición de la invitación. En

Proverbios 9,3-6 se lee: «Ven, come y bebe del pan y del vino que he preparado. Abandona tu necedad y vivirás; toma el camino recto del discernimiento». Se encuentra otra invitación en Eclesiástico 24,19-21

«Vengan a mí, los que me desean, y sacien su apetito con mis frutos… Los que me comen tendrán hambre de más, y los que me beben tendrán sed de más».

La primera lectura de Isaías, ampliada por las referencias cruzadas, apunta a un gran banquete preparado para toda la humanidad. El Señor ha realizado el trabajo preparatorio de antemano y desea que todos participen. Notamos la bienvenida y la invitación abierta al banquete, del cual todos deben disfrutar. Isaías también señala el hambre de sabiduría que se esconde en lo más profundo del corazón humano. No es de extrañar que la gente siguiera a Nuestro Señor todo el día sin pensar en comer hasta la noche. Tener esto en cuenta nos ayuda a comprender mejor el significado del Evangelio. Así como el milagro de la multiplicación de los panes y los peces apunta hacia la Última Cena y la Eucaristía, también la Eucaristía nos dirige hacia el banquete mesiánico que nos espera en el Cielo.

El banquete se nos presenta de manera vívida cuando nos enteramos de que la multitud finalmente se sentó en grupos sobre el pasto, respondiendo con alegría a una invitación abierta para participar de los refrigerios, disfrutando de la certeza de que había más que suficiente para todos y de que se estaba recogiendo lo sobrante. ¡Qué gran lección esto nos da cuando nos damos cuenta de que en el planeta se cultiva suficiente comida para todos y, sin embargo, hoy en día tantos millones de personas siguen pasando hambre! ¿Acaso nuestros recursos, sabiduría e información no son suficientes para recolectar lo que sobra y distribuirlo entre los millones que lo necesitan desesperadamente? Quizás debamos leer con más atención la segunda mitad de Isaías, que nos desafía a prestar atención al Señor, a acercarnos a él y a escuchar con la misma atención que lo hizo la multitud a orillas de ese lago hace tantos siglos.

 


 

18º Domingo do Ano A

O que nos alegra mais do que um convite, um convite não apenas para uma refeição comum, nem mesmo para um banquete, mas para um banquete grandioso? Poucos de nós já tiveram o privilégio de ser convidados para um banquete grandioso e, certamente, não para um que vai durar para sempre! No entanto, o banquete é o tema subjacente entre a primeira e a terceira leitura deste domingo. Isaías descreve um convite aberto para comer e desfrutar de comida e bebida gratuitamente, enquanto Mateus retrata pessoas sentadas alegremente no chão, compartilhando uma refeição como uma família faria em um piquenique.

No início do Evangelho, ficamos sabendo que Jesus e seus discípulos se retiraram em um barco para um lugar isolado a fim de se recuperarem da notícia da morte cruel de João Batista. As pessoas, ao saberem que ele estava nas proximidades, deixaram suas atividades e suas casas e partiram a pé para alcançá-lo, onde quer que ele estivesse. Assim, quando Jesus finalmente chegou à margem, encontrou multidões já esperando por ele. Ele deixou de lado seus próprios sentimentos, teve compaixão delas e imediatamente começou a curar seus doentes.

Jesus possuía uma atração, um carisma, um poder magnético que atraía as pessoas para ele. Caso contrário, por que milhares de pessoas abandonariam de improviso suas ocupações diárias e partiriam a pé para segui-lo? Isso demonstra a ânsia que as pessoas tinham por seus atos e suas palavras. Embora Mateus não mencione o ensino, Marcos o faz, dizendo que Jesus iniciou uma longa sessão de ensinamentos. As pessoas permaneceram ali, ouvindo atentamente, ansiosas não apenas por serem curadas de suas doenças, mas também pela sabedoria e pela verdade que ouviam dele. Tão cativadas estavam por suas palavras que o tempo passou voando e, aos poucos, perceberam que era necessário algum alimento. Diante das perguntas ansiosas dos discípulos, Jesus assegurou-lhes que não havia necessidade de ninguém sair para comprar pão àquela hora tardia, pois já havia o suficiente. Seguindo o desafio de Jesus para encontrar algo para comer, os discípulos acabaram encontrando um menino com cinco pães e dois peixes, que levaram a Jesus. Jesus disse aos discípulos para que fizessem as pessoas se sentarem em grupos, o que eles fizeram. Ele então pegou os pães e os peixes, ergueu os olhos para o céu, abençoou, partiu e entregou a comida aos discípulos para que a distribuíssem. Como membro da fé judaica, Jesus havia incorporado esses gestos desde a infância. Isso deve ter tranquilizado as pessoas, que naturalmente perceberiam isso. Vemos todos sentados em grupos, compartilhando alegremente a refeição que ele lhes havia providenciado, gratuitamente e de acordo com o ritual judaico. Na verdade, havia comida mais do que suficiente, pois sobraram doze cestas de pedaços.

Duas das muitas referências cruzadas para a primeira leitura oferecem uma descrição mais detalhada do banquete e uma repetição do convite. Provérbios 9,3-6 diz: “Venham, comam e bebam do pão e do vinho que preparei. Abandonem a sua insensatez e viverão; sigam o caminho reto do discernimento.” Um convite adicional é encontrado em Eclesiástico 24,19-21

“Venham a mim, vocês que me desejam, e saciem-se dos meus frutos… Aqueles que me comerem terão fome de mais, e aqueles que me beberem terão sede de mais.”

A primeira leitura de Isaías, ampliada pelas referências cruzadas, aponta para um grande banquete preparado para toda a humanidade. O Senhor já fez o trabalho preparatório de antemão e deseja que todos participem. Observamos as boas-vindas e o convite aberto para o banquete, que deve ser desfrutado por todos. Isaías também aponta para a fome de sabedoria que está escondida no íntimo do coração humano. Não é de se admirar que as pessoas tenham seguido Nosso Senhor o dia inteiro sem pensar em comida até o anoitecer. Ter isso em mente nos leva a compreender melhor o significado do Evangelho. Assim como o milagre da multiplicação dos pães e dos peixes aponta para a Última Ceia e a Eucaristia, da mesma forma a Eucaristia nos conduz ao banquete messiânico que nos aguarda no Céu.

O banquete nos é apresentado de forma vívida quando ficamos sabendo que a multidão acabou se sentando em grupos na grama, respondendo alegremente a um convite aberto para desfrutar das iguarias, deleitando-se com a certeza de que havia mais do que o suficiente para todos e que o excedente estava sendo recolhido. Que lição isso nos traz quando percebemos que há comida suficiente para todos sendo cultivada no planeta e, ainda assim, hoje tantos milhões de pessoas continuam passando fome. Será que nossos recursos, sabedoria e informação não são suficientes para recolher o que sobra e distribuí-lo aos milhões que estão em extrema necessidade? Talvez precisemos ler com mais atenção a segunda metade de Isaías, que nos desafia a prestar atenção ao Senhor, a nos aproximarmos dele e a ouvir com a mesma atenção que as multidões ouviram naquela margem do lago há tantos séculos.