Sr Caitríona Gorman OP

26th Sunday in Ordinary Time, Year A

World day of Migrants and Refugees

Readings: Ezequiel 18: 25-28, Psalm 24:4-9, Response: v 6. Philippians, 2:1-11, Matthew, 21:28-32

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The universal Church dedicates this day as a day of Prayer and Reflection. The theme chosen by Pope Leo for this 112th. World Day of Migrants and Refugees is “Even just one of these children” echoes the words of Jesus: “Whoever welcomes one such child welcomes me” Matthew 18:5

The readings for this Sunday invite and challenge all of us, in the words of St Catherine of Siena, to be the people “God wants us to be.”

I would like to begin this reflection with one line of a prayer of intercession from today’s Responsorial Psalm: “Lord teach me your paths. Make me walk in your truth and teach me, for you are God my Saviour.” What a powerful prayer as we awake to each new day, and face the challenge and grace offered to us; to be Christ to each other. Today as a nation can we dare to ask ourselves:

“Are we Christ to those who come to our country seeking international protection?”

Psalm 24 calls us to be God like, to be kind and compassionate,” slow to anger and abounding in love and close to all who call for help.” This call is both an invitation and a challenge. We respond to it knowing God is our helper as promised to us in the words of the psalmist.

Is that the God we know and experience in our everyday lives? Is that the God who lives in me, teaches me, and directs me in all my interactions with others, so that in my love, care and compassion God reveals God’s self to those who cross my path each day?

Is that the God migrants and refugees meet when they come to make their home among us?

In the letter to the Philippians St Paul challenges his listeners and all of us today to take on the mind set of Jesus in our relations with people and all living creatures. St Paul reminds us that Jesus did so with utter humility. Are we capable of giving our all for our brothers and sisters so that nobody thinks of their own interests first, but everybody thinks of other people’s interests instead.

“In your minds (and in your actions) be the same as Christ Jesus” I think St Paul will forgive me for my few additional words in that final sentence! In this reading the humility of Jesus stands out for all who hear his message and seek to follow him. Humility, I believe is an essential gift for discipleship; exemplified in Jesus the Son of God.

Our faith journey, as followers of Christ, is a journey of ongoing learning at every stage in life and in all circumstances. The invitation is to hear God’s call at each stage; to ponder it and to transform our pondering into action, just as Jesus did, from his baptism in the Jordan to his death on the cross.

Today’s Gospel brings us back to the vineyard, but the scene is different to last Sunday’s Gospel. Here we meet Jesus the teacher par excellence who knew instinctively how to engage his listeners and open to them the possibility of recognising themselves in the story.

He begins his teaching with the story of a man who had two sons, who, when asked to work in the vineyard, gave two quite different responses. Jesus sought the wisdom of the listeners as to which of the two did the father’s will. The crowd immediately identified the first son, who though reluctant initially, changed his mind and went off to the vineyard. Do we recognise that reluctance and holding back in our own lives sometimes?

Having produced the right answer, we can only imagine the shock of Jesus’ response to them. Jesus knew and had experienced their power struggles, their self-righteousness, their coldness, and lack of empathy to the weakest in society. Like the second son, doing the father’s will, is not for them.

Jesus unashamedly goes on to tell them who will enter the Kingdom of Heaven. They were not those whom they were expecting Jesus to name. Among those whom Jesus named were the corrupt tax collectors, and prostitutes. They unlike the self-righteous were open to learning from Jesus and willing to join his band of followers and show by their lives the transforming, newfound power of forgiveness, of grace and truth in their lives.

It is there for all, particularly for those who know their need of God’s love and mercy and are open to accepting it. So, to them, and to all who turn their lives around, Jesus offers a place in the Kingdom of God.

May that grace be gifted to all who do God’s will today, particularly in the service of those seeking international protection and all those on the margins of our society who cry out to be loved, accepted, respected and protected in their struggles, to be treated as Jesus would treat them, as Jesus treats all people as his beloved sons and daughters. With Jesus by our side all things are possible.

This Sunday the Scripture texts invites us to reflect on the ways that we might support the people we meet who are struggling, living through devesting loss, whose lives are filled with fear and uncertainty, and to respond as Jesus himself would have us do so.

 

“Whoever welcomes one such child in my name welcomes me” Matthew 18:1



Traducción al español

Vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario

Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados

Lecturas: Ezequiel 18, 25-28; Salmo 24, 4-9; Respuesta: v. 6; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

 

La Iglesia universal dedica este día a la oración y la reflexión. El tema elegido por el papa León para esta 112.ª Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados es «Aunque solo sea uno de estos niños», que se hace eco de las palabras de Jesús: «Quien acoge a uno de estos niños, a mí me acoge» (Mateo 18, 5).

Las lecturas de este domingo nos invitan y nos desafían a todos, en palabras de santa Catalina de Siena, a ser las personas «que Dios quiere que seamos».

Me gustaría comenzar esta reflexión con una línea de una oración de intercesión del salmo responsorial de hoy: «Señor, enséñame tus caminos. Hazme caminar en tu verdad y enséñame, pues tú eres Dios, mi Salvador». ¡Qué oración tan poderosa al despertar cada nuevo día y enfrentarnos al reto y a la gracia que se nos ofrecen: ser Cristo los unos para los otros! Hoy, como nación, ¿nos atrevemos a preguntarnos:

«¿Somos Cristo para aquellos que llegan a nuestro país en busca de protección internacional?»

El Salmo 24 nos llama a ser como Dios, a ser bondadosos y compasivos, «lentos a la ira y abundantes en amor, y cercanos a todos los que claman por ayuda». Esta llamada es a la vez una invitación y un reto. Respondemos a ella sabiendo que Dios es nuestro ayudador, tal y como nos prometió en las palabras del salmista.

¿Es ese el Dios que conocemos y experimentamos en nuestra vida cotidiana? ¿Es ese el Dios que vive en mí, me enseña y me guía en todas mis interacciones con los demás, de modo que, a través de mi amor, mi cuidado y mi compasión, Dios se revela a quienes se cruzan en mi camino cada día?

¿Es ese el Dios con el que se encuentran los migrantes y los refugiados cuando vienen a establecer su hogar entre nosotros?

En la carta a los Filipenses, san Pablo nos desafía a sus oyentes y a todos nosotros hoy a adoptar la mentalidad de Jesús en nuestras relaciones con las personas y con todas las criaturas vivientes. San Pablo nos recuerda que Jesús lo hizo con absoluta humildad. ¿Somos capaces de darlo todo por nuestros hermanos y hermanas, de modo que nadie piense primero en sus propios intereses, sino que todos piensen en los intereses de los demás?

«Tened en vosotros el mismo sentir que tuvo Cristo Jesús» (y en vuestras acciones). ¡Creo que san Pablo me perdonará por estas pocas palabras que he añadido a esa última frase! En esta lectura, la humildad de Jesús destaca ante todos los que escuchan su mensaje y buscan seguirle. La humildad, creo, es un don esencial para el discipulado; ejemplificado en Jesús, el Hijo de Dios.

Nuestro camino de fe, como seguidores de Cristo, es un camino de aprendizaje continuo en cada etapa de la vida y en todas las circunstancias. La invitación es a escuchar la llamada de Dios en cada etapa; a meditarla y a transformar nuestra reflexión en acción, tal y como hizo Jesús, desde su bautismo en el Jordán hasta su muerte en la cruz.

El Evangelio de hoy nos lleva de nuevo a la viña, pero la escena es diferente a la del Evangelio del domingo pasado. Aquí nos encontramos con Jesús, el maestro por excelencia, que sabía instintivamente cómo captar la atención de sus oyentes y abrirles la posibilidad de reconocerse a sí mismos en la historia.

Comienza su enseñanza con la historia de un hombre que tenía dos hijos, quienes, cuando se les pidió que trabajaran en la viña, dieron dos respuestas muy diferentes. Jesús pidió la opinión de los oyentes sobre cuál de los dos había cumplido la voluntad del padre. La multitud identificó inmediatamente al primer hijo, que, aunque al principio se mostró reacio, cambió de opinión y se dirigió a la viña. ¿Reconocemos a veces esa reticencia y esa renuencia en nuestras propias vidas?

Tras dar con la respuesta correcta, solo podemos imaginar la sorpresa que les causó la respuesta de Jesús. Jesús conocía y había experimentado sus luchas de poder, su hipocresía, su frialdad y su falta de empatía hacia los más débiles de la sociedad. Al igual que el segundo hijo, cumplir la voluntad del padre no era para ellos.

Jesús, sin complejos, continúa diciéndoles quiénes entrarán en el Reino de los Cielos. No eran aquellos a quienes esperaban que Jesús nombrara. Entre los que Jesús nombró se encontraban los recaudadores de impuestos corruptos y las prostitutas.

A diferencia de los que se creían justos, ellos estaban abiertos a aprender de Jesús y dispuestos a unirse a su grupo de seguidores y a mostrar con sus vidas el poder transformador y recién descubierto del perdón, de la gracia y de la verdad en sus vidas.

Está ahí para todos, especialmente para aquellos que son conscientes de su necesidad del amor y la misericordia de Dios y están dispuestos a aceptarlos. Así pues, a ellos, y a todos los que dan un giro a sus vidas, Jesús les ofrece un lugar en el Reino de Dios.

Que esa gracia sea concedida a todos los que hacen la voluntad de Dios hoy, especialmente al servicio de quienes buscan protección internacional y de todos aquellos que se encuentran en los márgenes de nuestra sociedad y claman por ser amados, aceptados, respetados y protegidos en sus dificultades, por ser tratados como Jesús los trataría, ya que Jesús trata a todas las personas como a sus hijos e hijas amados. Con Jesús a nuestro lado, todo es posible.

Este domingo, los textos de las Escrituras nos invitan a reflexionar sobre las formas en que podríamos apoyar a las personas con las que nos encontramos que están pasando por dificultades, que viven una pérdida devastadora, cuyas vidas están llenas de miedo e incertidumbre, y a responder tal y como el propio Jesús querría que lo hiciéramos.


«Quien acoja a uno de estos niños en mi nombre, a mí me acoge». Mateo 18:1

 


Tradução para português

Vigésimo sexto Domingo do Tempo Comum

Dia Mundial dos Migrantes e Refugiados

Leituras: Ezequiel 18, 25-28; Salmo 24, 4-9; Resposta: v. 6; Filipenses 2, 1-11; Mateus 21, 28-32

 

A Igreja universal dedica este dia como um dia de oração e reflexão. O tema escolhido pelo Papa Leão para este 112.º Dia Mundial dos Migrantes e Refugiados é «Mesmo que seja apenas uma destas crianças», que faz eco às palavras de Jesus: «Quem acolher uma destas crianças, a mim me acolhe» (Mateus 18, 5)

As leituras deste domingo convidam-nos e desafiam-nos a todos, nas palavras de Santa Catarina de Sena, a sermos o povo «que Deus quer que sejamos».

Gostaria de começar esta reflexão com uma frase de uma oração de intercessão do Salmo Responsorial de hoje: «Senhor, ensina-me os teus caminhos. Faz-me caminhar na tua verdade e ensina-me, pois tu és Deus, meu Salvador.» Que oração poderosa ao acordarmos para cada novo dia e enfrentarmos o desafio e a graça que nos são oferecidos: ser Cristo uns para os outros. Hoje, enquanto nação, será que nos atrevemos a perguntar a nós próprios:

«Seremos Cristo para aqueles que vêm ao nosso país em busca de proteção internacional?»

O Salmo 24 exorta-nos a sermos semelhantes a Deus, a sermos bondosos e compassivos, «lentos à ira e abundantes em amor, e próximos de todos os que clamam por ajuda». Este apelo é simultaneamente um convite e um desafio. Respondemos a ele sabendo que Deus é o nosso ajudante, tal como nos foi prometido nas palavras do salmista.

Será esse o Deus que conhecemos e experimentamos nas nossas vidas quotidianas? Será esse o Deus que vive em mim, que me ensina e me orienta em todas as minhas interações com os outros, de modo que, através do meu amor, cuidado e compaixão, Deus se revele àqueles que cruzam o meu caminho todos os dias?

Será esse o Deus que os migrantes e refugiados encontram quando vêm estabelecer o seu lar entre nós?

Na carta aos Filipenses, São Paulo desafia os seus ouvintes e todos nós hoje a assumirmos a mentalidade de Jesus nas nossas relações com as pessoas e com todas as criaturas vivas. São Paulo lembra-nos que Jesus o fez com extrema humildade. Seremos capazes de dar tudo de nós pelos nossos irmãos e irmãs, para que ninguém pense primeiro nos seus próprios interesses, mas todos pensem, em vez disso, nos interesses dos outros?

«Na vossa mente (e nas vossas ações) sede iguais a Cristo Jesus.» Penso que São Paulo me perdoará pelas minhas poucas palavras adicionais nessa frase final! Nesta leitura, a humildade de Jesus destaca-se para todos os que ouvem a sua mensagem e procuram segui-lo. A humildade, creio eu, é um dom essencial para o discipulado; exemplificada em Jesus, o Filho de Deus.

A nossa caminhada de fé, como seguidores de Cristo, é um percurso de aprendizagem contínua em todas as fases da vida e em todas as circunstâncias. O convite é para ouvirmos o chamamento de Deus em cada etapa; para o meditarmos e transformarmos a nossa reflexão em ação, tal como Jesus fez, desde o seu batismo no Jordão até à sua morte na cruz.

O Evangelho de hoje leva-nos de volta à vinha, mas o cenário é diferente do do Evangelho do domingo passado. Aqui encontramos Jesus, o mestre por excelência, que sabia instintivamente como cativar os seus ouvintes e abrir-lhes a possibilidade de se reconhecerem na história.

Ele começa o seu ensinamento com a história de um homem que tinha dois filhos, os quais, quando convidados a trabalhar na vinha, deram duas respostas bastante diferentes. Jesus procurou a sabedoria dos ouvintes para saber qual dos dois cumpriu a vontade do pai. A multidão identificou imediatamente o primeiro filho, que, embora relutante no início, mudou de ideias e foi para a vinha. Será que, por vezes, reconhecemos essa relutância e essa hesitação nas nossas próprias vidas?

Tendo dado a resposta certa, só podemos imaginar o choque que a resposta de Jesus lhes causou. Jesus conhecia e já tinha vivido as suas lutas de poder, a sua hipocrisia, a sua frieza e a falta de empatia para com os mais fracos da sociedade. Tal como o segundo filho, cumprir a vontade do pai não era para eles.

Jesus, sem qualquer vergonha, prossegue dizendo-lhes quem entrará no Reino dos Céus. Não eram aqueles que eles esperavam que Jesus nomeasse. Entre aqueles que Jesus nomeou estavam os cobradores de impostos corruptos e as prostitutas.

Ao contrário dos hipócritas, eles estavam abertos a aprender com Jesus e dispostos a juntar-se ao seu grupo de seguidores e a demonstrar, através das suas vidas, o poder transformador e recém-descoberto do perdão, da graça e da verdade nas suas vidas.

Está lá para todos, particularmente para aqueles que reconhecem a sua necessidade do amor e da misericórdia de Deus e estão abertos a aceitá-los. Assim, a eles e a todos os que mudam o rumo das suas vidas, Jesus oferece um lugar no Reino de Deus.

Que essa graça seja concedida a todos os que cumprem a vontade de Deus hoje, especialmente no serviço àqueles que procuram proteção internacional e a todos os que se encontram à margem da nossa sociedade e clamam por amor, aceitação, respeito e proteção nas suas lutas, para serem tratados como Jesus os trataria, pois Jesus trata todas as pessoas como os seus filhos e filhas amados. Com Jesus ao nosso lado, tudo é possível.

Este domingo, os textos das Escrituras convidam-nos a refletir sobre as formas como podemos apoiar as pessoas com quem nos cruzamos e que estão a passar por dificuldades, a viver perdas devastadoras, cujas vidas estão repletas de medo e incerteza, e a responder tal como o próprio Jesus gostaria que o fizéssemos.

«Quem receber uma destas crianças em meu nome, a mim me recebe.» Mateus 18, 1